Mamá, mami, que más da, la mujer que me ha enseñado más de la mitad de lo que sé.
Cuantas mañanas me habrás despertado a las seis y media tarareando esa canción que tanto te gusta y yo tanto odio. Me levantaba enfadada pero luego venías tú y tus buenos días mi reina y quién no te daba un beso de esos en los que notas la sonrisa.
Hemos tenido nuestros momentos.
Todas nuestras tardes en el parque después del cole, llenándote esos zapatos que tanto me gustaban de arena, solo por jugar conmigo. Cuantas veces me caí y me diste besitos diciéndome que eran mágicos y me curarían el dolor. Cuantas noches le quite la cama a papá por dormir con mi osito y contigo. Como todo, las dos fuimos creciendo. El trabajo, el colegio, los amigos. Iba haciéndome mayor, pero ni con eso, dejabas de hacer cada mañana el cola-cao con la cantidad de cucharadas exacta. Por un tiempo las cosas cambiaron, ni tu tenias las suficientes fuerzas ni yo las suficientes ganas. Nadie, excepto tú y alguna enfermera sabe las veces que te pedí que no me dejarás sola o la de veces que dijimos que a partir de ahora no perderíamos ni un solo día y que haríamos millones de cosas. Eres esa persona, que sabe el lado justo en el que duermo, o a que hora de la mañana de un sábado, me hace falta que alguien me tape porque se me ha caído la sábana. Todas esas noches de diciembre tumbadas las tres en la cama, esperando a que papá viniera de trabajar y con el beso de buenas noches me llevara a la cama.
Porque eres jodidamente grande y me faltan unas ocho vidas para poder demostrártelo. Ojalá a tus años sea igual que tú. Gracias mamá, por echarle un par de cojones cuando nadie daba un puto duro. Por ser tú. Por tus cosquillas y lo más importante, gracias por estar ahí incluso cuando no queda nadie.
Solía decirme que tenía que ponerme el pijama nada más salir de la ducha porque sino me enfriaría. Nos enfadábamos y a los cinco minutos venía y me abrazaba. Me hacía masajitos en la tripa cuando me dolía hasta quedarme dormida. Todo esto, cuando era pequeñaja. Pero ella, sigue haciéndolo. Sigue enfadándose y más tarde venir a darme las buenas noches o hacerme mi comida preferida el día que más hambre tengo.
Te mereces esto y mucho más.
Te quiero, mamá.
Cuantas mañanas me habrás despertado a las seis y media tarareando esa canción que tanto te gusta y yo tanto odio. Me levantaba enfadada pero luego venías tú y tus buenos días mi reina y quién no te daba un beso de esos en los que notas la sonrisa.
Hemos tenido nuestros momentos.
Todas nuestras tardes en el parque después del cole, llenándote esos zapatos que tanto me gustaban de arena, solo por jugar conmigo. Cuantas veces me caí y me diste besitos diciéndome que eran mágicos y me curarían el dolor. Cuantas noches le quite la cama a papá por dormir con mi osito y contigo. Como todo, las dos fuimos creciendo. El trabajo, el colegio, los amigos. Iba haciéndome mayor, pero ni con eso, dejabas de hacer cada mañana el cola-cao con la cantidad de cucharadas exacta. Por un tiempo las cosas cambiaron, ni tu tenias las suficientes fuerzas ni yo las suficientes ganas. Nadie, excepto tú y alguna enfermera sabe las veces que te pedí que no me dejarás sola o la de veces que dijimos que a partir de ahora no perderíamos ni un solo día y que haríamos millones de cosas. Eres esa persona, que sabe el lado justo en el que duermo, o a que hora de la mañana de un sábado, me hace falta que alguien me tape porque se me ha caído la sábana. Todas esas noches de diciembre tumbadas las tres en la cama, esperando a que papá viniera de trabajar y con el beso de buenas noches me llevara a la cama.
Porque eres jodidamente grande y me faltan unas ocho vidas para poder demostrártelo. Ojalá a tus años sea igual que tú. Gracias mamá, por echarle un par de cojones cuando nadie daba un puto duro. Por ser tú. Por tus cosquillas y lo más importante, gracias por estar ahí incluso cuando no queda nadie.
Solía decirme que tenía que ponerme el pijama nada más salir de la ducha porque sino me enfriaría. Nos enfadábamos y a los cinco minutos venía y me abrazaba. Me hacía masajitos en la tripa cuando me dolía hasta quedarme dormida. Todo esto, cuando era pequeñaja. Pero ella, sigue haciéndolo. Sigue enfadándose y más tarde venir a darme las buenas noches o hacerme mi comida preferida el día que más hambre tengo.
Te mereces esto y mucho más.
Te quiero, mamá.
Sin palabras, muy bien escrito
ResponderEliminar