jueves, 19 de septiembre de 2013

Escribir sin por qué.

Ya no sonríe incluso cuando nadie le mira. Es difícil empezar a escribir algo que llevas dentro y que solo sale alguna noche a las tantas. Empezó el juego, si llamémoslo juego, por no llamarlo mentira.  Cada puta noche con la misma canción, auto-destruyéndose pensando en el día que dejara de importarle, a él, porque ella sabía que eso de siempre había sido su cuenta pendiente. Gritaba que no le rompieras, que no le dieras más motivos para dejarlo, que le salvaras alguna noche de mierda. Y es que, te quería. De esa manera en la que va él y luego todos los demás. De la manera en la que nada le duele más en el izquierdo que el tiempo, la tía de turno o que su cagada tras cagada, hiciera perderle. “De buenos a veces somos tontos”, y ese era su claro ejemplo. Las pasaba todas y se convencía de que toda la culpa era suya. Y la verdad es que era ella la rota, la echa mierda buscando el ‘algo’ que hiciera que doliera menos. Y es que el puto error de todo esto es que, cuando empiezas a dar y no recibir, nunca paramos. Que nos justa vivir en las bonitas mentiras y esperar a darnos la hostia para poner punto y final, pero ¿quién tiene cojones a escribir el después de la hostia? Escribimos de echar de menos esos ojitos o de la falta que nos hacen, pero nadie escribe de lo que duele y de lo fría que te vuelven. Deberíamos sudar de los demás y hacer las cosas por nosotros. Deberíamos ser felices sin pensar en el quién.  Deberíamos beber y bailar hasta caer y no recordar el doble. Incluso el más ciego (de corazón) se cansa de hacer feliz y no serlo. De decir ‘te quiero’ y no recibirlo. De romperse a solas y no con alguien. De aguantar al que no valora nada.  Y por primera vez, en muchos meses, me han dicho que era capaz. Olvidar y empezar de 0.


Por los diez whatsapps que te decían que podías con todo. Por poder escribir sin que nadie entienda pero vaciándote.


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