Ya no sonríe incluso cuando nadie le mira. Es difícil
empezar a escribir algo que llevas dentro y que solo sale alguna noche a las
tantas. Empezó el juego, si llamémoslo juego, por no llamarlo mentira. Cada puta noche con la misma canción, auto-destruyéndose
pensando en el día que dejara de importarle, a él, porque ella sabía que eso de
siempre había sido su cuenta pendiente. Gritaba que no le rompieras, que no le
dieras más motivos para dejarlo, que le salvaras alguna noche de mierda. Y es
que, te quería. De esa manera en la que va él y luego todos los demás. De la
manera en la que nada le duele más en el izquierdo que el tiempo, la tía de
turno o que su cagada tras cagada, hiciera perderle. “De buenos a veces somos tontos”, y ese era
su claro ejemplo. Las pasaba todas y se convencía de que toda la culpa era suya.
Y la verdad es que era ella la rota, la echa mierda buscando el ‘algo’ que
hiciera que doliera menos. Y es que el puto error de todo esto es que, cuando
empiezas a dar y no recibir, nunca paramos. Que nos justa vivir en las bonitas
mentiras y esperar a darnos la hostia para poner punto y final, pero ¿quién tiene
cojones a escribir el después de la hostia? Escribimos de echar de menos esos
ojitos o de la falta que nos hacen, pero nadie escribe de lo que duele y de lo
fría que te vuelven. Deberíamos sudar de los demás y hacer las cosas por
nosotros. Deberíamos ser felices sin pensar en el quién. Deberíamos beber y bailar hasta caer y no
recordar el doble. Incluso el más ciego (de corazón) se cansa de hacer feliz y
no serlo. De decir ‘te quiero’ y no recibirlo. De romperse a solas y no con
alguien. De aguantar al que no valora nada.
Y por primera vez, en muchos meses, me han dicho que era capaz. Olvidar
y empezar de 0.
Por los diez whatsapps que te decían que podías con todo. Por poder escribir sin que nadie entienda pero vaciándote.

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